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Europa y Occidente: la diferencia entre España y Cataluña

Pau Valero 19/02/2012 02:12:15
Es difícil construir el esqueleto de este artículo. Y lo es no por defecto sino por exceso. A la hora de verificar el enunciado, uno no sabe por dónde empezar porque la magnitud de ejemplos abruman al más lego.

Pero puestos a escoger... Pues bueno, el más reciente. Ahora Sarkozy y Cameron vuelven a ser amigos. Y entienden que su remodelada alianza (Francia y Gran Bretaña. Lo digo para que se sume al grupo dirigente que se menciona a continuación) debe contar con la tutora Alemania y también con Italia. De España, nada. Y es que España sólo sirve para dar golpecitos en la espalda, como cuando Bush decía que Aznar  "is the champ" y luego le daba una patadita simbólica en el culo para que no emborronara la imagen del poder verdadero que representaba junto a Blair, y el otro se quedaba contento con el halago, falso pero complaciente, del jefe de la primera potencia. Claro, el del bigote se pensaba que él y su país pintaban algo en el mundo... monas, tal vez. Y el americano le dejaba poner los pies encima de la mesa para que se creyera que él y lo que él representaba eran algo.

De Zapatero, en este sentido, ni cabe hablar, pues el internacionalismo prooccidental era para él una insignificancia. Eso sí ("y tú vas al gimnasio, piltrafilla", tal que aquel anuncio de atunes), españita en su momento superaba en todo a Italia, según él, y, "ojo franceses, que vamos a por vosotros", más o menos. Por no hablar de su ridícula Alianza de Civilizaciones -del tercermundismo, que es lo que gusta a ese país, cabría añadir-. Pero no, España no pinta nada en el mundo occidental. ¿Qué va a pintar un país que -eso sí, por una vez de forma coherente se acerca a los que son de su cuerda- tiene como norma no escrita que el primer viaje de un nuevo presidente del Gobierno sea a Marruecos y que tenga una especial fijación por el mundo latinoamericano?. Sí, ése último con el cuál se piensa que ha de ejercer de 'madre patria' y el que, a su vez, al adjetivo materno muchas veces une otro de difícil reproducción en este artículo y en cualquier otro. O sea que España, ni por éstas. Y la silla en el G-8, porque se la regaló el francés, que si no... En fin, que la Europa de España, pues con Grecia, Turquía y Portugal, y gracias.

Pero, día a día y gobierno a gobierno, ese ente nacional va demostrando que va por libre por no tener enmienda. Crisis, ¿qué crisis?. "España una y no cincuenta y una" y, "si ellos tienen la ONU (y, a veces, hay que reconocerlo, ya pueden quedársela) nosotros tenemos dos", que se decía en aquellos tiempos que, en el ADN hispano, parecen no haber cambiado tanto. Así que seguimos para bingo, y a aquellos aeropuertos o estaciones de AVE que no sirven para nada, salvo para tirar el dinero, sumamos la inutilidad del Corredor Central, para evitar desigualdades y asimetrías entre comunidades autónomas, ministra Pastor 'dixit'. Eso sí, el grito en el cielo con Spanair: era catalana.

Porque, claro, no puede haber una infraestructura que no beneficie -aunque sí lo haga, pero con una evidencia más difícil de demostrar a la sinrazón acrítica- a la España eterna sin que automáticamente se escenifique otro para compensar el supuesto desequilibrio. Que, en realidad, es para incrementarlo todavía más. Entre los que siempre pagan, los catalanes, ¡qué caray!, pero que se ven obligados a ejercer el papel de Canivell (ese Sazatornil de la Escopeta Nacional berlanguiana) y los que viven del ingreso pero que quieren pasar por ser, aún, los sacrificados (sígase viendo el film de Berlanga). ¿Quiere el lector saber una cosa?. A veces, da la sensación que el catalanismo y el españolismo sí comparten una cosa: el sufijo 'ismo': los catalanes por 'nacionalismo' catalán -excluyo, de entre ellos, a quienes, como ya he advertido otras veces, sólo viven en el país-, que se basa en el refuerzo máximo de la nación; los españoles -y me refiero a un perfil determinado: creo que ya no debe ser necesario ni obviar que no todo el mundo es igual-, por 'eurismo' (antaño, 'pesetismo') catalán, que se basa en querer de los catalanes ese dinero que los mantiene vivos odiando, claro está, todo lo demás. Pero es que, encima, la llama hay que mantenerla porque da votos y de ahí, también, conclusiones como la de Ana Pastor y otros.

Y, bueno, siguiendo con el tema de los dineros, por ejemplo, mientras Roma renuncia a los Juegos Olímpicos para el 2020, Madrid se mantiene en liza. ¿Quiere saber el lector qué pasó en 1992, cuando era Barcelona la organizadora?. Pues que, en 1987 (lo explican datos revelados por La Vanguardia el 15 de marzo de ese año, en su página 34) la inversión para autovías estatales fue de 10.736 millones de pesetas en Madrid y de 2.500 millones en Cataluña. Ahora me saldrán quienes recuerden que la población madrileña apoyó el acontecimiento de la capital catalana. Claro, ¡así cualquiera!. Pero, del mismo modo que se dio aquel apoyo -y máxime, teniendo en cuenta que la circunstancia se razona en base a un nacionalismo español de escaso predicamento en Cataluña-, debe entenderse que no se dé la reciprocidad. Si en aquellas circunstancias especiales, Cataluña vio menos -de su- dinero que Madrid, ¡Qué no pasaría ahora!. Me hace especial gracia ver como cuando al primer ministro italiano, Mario Monti, le preguntaron qué pensaba de que la capital española no se retirara de la competición como Roma dijera, más o menos, "que cada palo aguante su vela". La verdad es que había otra respuesta más fácil: "hombre, aquí no hay nadie como los catalanes para pagarlo todo". Porque no sólo es eso, sino, también, el incremento de presupuesto del Gobierno andaluz, los megaauditorios extremeños, acordados por PSOE y seguidos por PP... Y en Cataluña, con 759 millones que se deben, del propio dinero catalán, pero que no se pagan, más los fondos de compensación, más el déficit fiscal... Lo dijo una vez el profesor Xavier Sala i Martín. La relación de Cataluña con España es como si uno tiene unos pantalones, el otro se los quita por la cara y le quiere cobrar para recuperarlos. En realidad, tal vez sea todo el ropero. Pero bueno, "España y yo somos así, señora", que dijo aquel.

Con todo, es curioso que Cataluña aún se tenga tragar el sapo de provincianismo proveniente de ese españolismo antes escenificado. Cataluña, que, desde tiempo inmemorial, sí ha tenido el occidentalismo como referente. Causa estupor que el nuevo director del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), Marçal Sintes, haya tenido que afear su conducta a quienes querían separar catalanismo -o nacionalismo catalán; lo mismo- de cosmopolitismo. Pero si esos dos conceptos ¡sí que han sido siempre lo mismo!. ¿Dónde estuvo la puerta de aire fresco sociopolítico-cultural cuando el franquismo?, por mucho que algunos intenten negar el nacionalismo a aquella Barcelona de los sesenta: tal vez no era manifiesto, pero era la fuerza que marcó la diferencia, ¿quien miraba a la odiada, por España, Francia. Y a Europa?, ¿desde dónde se vio con simpatía a Israel -por mucho que, hogaño existan grupúsculos obcecados en dinamitar esa sintonía- mientras los demás hablaban de 'masones y judíos'?, ¿por qué el Barça era el equipo del catalanismo pero también el estandarte de algunos demócratas españoles que luego se han develado como enemigos acérrimos de este país?. Y, finalmente, hoy, ¿quién ha sido el primero en entender las necesidades de sacrificios y recortes impuestos por Europa, aunque todo ello también haya servido para que algunos parásitos habituales incrementaran su burla, menosprecio y, dicho sea de paso, beneficio?. La respuesta a todo ello es Cataluña. Porque Cataluña sí que siempre se identifica con Europa y Occidente. De ahí que haya quien abogue por rupturas porque piensa que España y Cataluña son dos mundos aparte.

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