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Desajustes en la democracia

Pau Miserachs 28/01/2012 03:43:40
Son muchos los que intentan dar respuesta a la pregunta de a dónde evoluciona la situación española. ¿Habrá a medio plazo cambios en el régimen político surgido de la Ley para la Reforma Política de 1976? ¿Habrá por fin elecciones con listas abiertas? ¿Podrán actuar algún día con grupo y nombre propio en el Parlamento español los grupos minoritarios? ¿Se romperá el bipartidismo? ¿Nacerá en España una fuerza similar al partido demócrata europeo? ¿Cómo será la justicia? ¿Permitirán los procedimientos celebrar juicios como en América?

La inquietud por la recesión que aumenta la cifra de desempleados y la juventud que empieza a emigrar, unido a la deuda empresarial y privada, nos hacen temer un nuevo retroceso en el camino de la salida de la crisis que solamente podremos superar si la solidaridad social permite resolver la problemática que agudizará la reducción de fondos públicos.

El problema se reduce hoy a atacar la creciente desigualdad social, la reaparición de la lucha entre clanes y clases sociales por dirigir el poder económico, con la ausencia de una fuerza sindical de clase y una oposición política con vocación constructiva. Mientras esto ocurre, sube la abstención y deserción política en momentos electorales de una buena parte de los electores. No acudir a depositar el voto en la urna o votar en blanco es demostrar la reprobación de la gestión política que se enjuicia. No se puede dejar en saco roto que en las pasadas elecciones municipales, salvo error, en Barcelona solo votó el 52,96% del censo y en las generales un 67%

Los conservadores han tomado en España la iniciativa en todos los frentes aprovechando todos los resortes que les facilita el poseer una mayoría absoluta en las Cortes españolas. Y se va a intentar reformar de nuevo desde el poder la justicia, una de las instituciones que ni el dictador Franco se atrevió a remodelar, como tampoco reformó el espíritu liberal del Código Civil. Un Código Penal estricto para justificar un imperio de una ley fue suficiente para mantener amordazado y alejado de las democracias occidentales durante decenios un país entero.

Con un cierto déficit, existe en España un régimen de libertades que nos permite conocer parte de lo que ocurre con la visión de los redactores de noticias. Sabemos que un veredicto puede generar una sentencia absolutoria en un caso de presunta corrupción, durante cuyo juicio hemos oído hablar de regalos a dirigentes políticos conservadores de bolsos de acreditadas marcas, caviar, y algunos no identificados que permitieron agradecerlos manifestando una esposa de acusado "te has pasado tres pueblos". Otros casos abiertos contra dirigentes políticos seguramente seguirán una dinámica distinta con mejor eficacia probatoria. Y los de clara sintonía política comprometen internacionalmente la credibilidad y fiabilidad de nuestras instituciones.

La cuestión de los regalos a dirigentes políticos parece ser irrelevante hoy en la arena judicial. Unos derechos inalienables como son los reconocidos y garantizados internacionalmente derechos humanos pueden sufrir restricciones en territorio español con las nuevas leyes que afectaran al derecho a disponer de la vida, la libertad de información que ya cuenta con más de 4.000 periodistas en paro, privatización de canales públicos de televisión, crisis en la cultura que arrastra la crisis en la educación, con repercusión en los principios morales, la autoridad, la libertad y el amor a la verdad. Aquella verdad que los antiguos decían nos haría libres.

Amin Maalouf, al observar que el mundo había entrado en el siglo XXI sin brújula, tuvo la iniciativa de indagar sobre los motivos de los graves desajustes que sufre el mundo en todos los órdenes político climático, alimentario, intelectual, financiero, ético, religioso. Descubrió que se agotan nuestros modelos sociales.

Maaluf, en su libro El desajuste del mundo, acusa a occidente de no haber sabido dilatar su prosperidad más allá de sus fronteras culturales. Las revueltas árabes contra las dictaduras del norte de África son demostrativas de que la mayoría de los creyentes musulmanes reprueban el terrorismo. "Unos pocos no pueden hablar de forma abusiva en nombre del islam" dice Maalouf.

La democracia en América, de Alexis de Tocqueville, como cualquier otra democracia occidental de los llamados países civilizados, no es exportable al Islam como tampoco lo fue al mundo asiático. Las culturas milenarias y l respeto a los ancestros no son erradicables de las sociedades africanas. Ciertos modelos a la occidental no pueden calar en sociedades que desaprueban el cinismo de occidente en la lucha por el control del petróleo y en hacer casi nada para acabar con el hambre mortal en el cuerno de África. Hay que mirar y hablar con el mundo islámico de distinta manera a como lo hicieron anteriormente las potencias coloniales. El Islam entiende perfectamente la solidaridad y la cooperación. Este es el punto de encuentro.

España se encuentra hoy en el centro de este desajuste, en el furgón de cola de Europa, con una sociedad pluriétnica, plurilingüe y multicultural. Nos preguntamos para qué queremos y para qué sirve la democracia, algo que tiene una lectura muy distinta a la de los países árabes y africanos. La democracia ha de servir para crear condiciones que hagan difícil por ni decir casi imposible las situaciones de crisis permanente, hacer leyes electorales que aseguren la participación real del pueblo en el gobierno del Reino y una gestión eficaz de gobierno, respetando el derecho de las minorías a la crítica y el derecho del pueblo a reprobar y destituir el gobierno.
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